06 octubre 2020

Amada

    La habitación yacía a media luz. Recuerdo cómo al despertar, él se había levantado a entornar las cortinas para que los primeros rayos del sol no dañaran mi rostro… ¿Lo había hecho por eso? –No, mi pequeña –la voz de mi madre resonó en mis recuerdos–. No. Él había cerrado las cortinas para que nadie viera con qué clase de mujer dormía. Al instante lo sentí de nuevo sobre mi cuerpo. Cerdo. Sudoroso. Horrible. Me trataba como si le perteneciera; y a mí me llenaba de asco. Pero –sí, le perteneces; ha pagado como todos lo han hecho, y tú le perteneces –me decía una voz desde mi interior y me hacía sentir aún peor. A mi oído susurraba palabras desdeñables que a ninguna mujer podrían llegar a agradarle. En ese instante pensé -como tantas veces- que podría no volver a hacer aquello, podría dedicarme a algún trabajo digno, pero mi imaginación se desdibujó -también como tantas veces- al caer en la realidad de que ningún hombre cuidaba de mí, ni ninguno querría devolverme la dignidad tomándome por su esposa… Miré su rostro hinchado de falsa virilidad y sentí un tremendo rechazo, deseando que jamás alguien pudiera volver a tocarme, pero sin saber que esa sería la última vez que lo harían.
    La puerta se abrió de par en par con un fuerte estruendo. Atiné a tomar las sábanas y apenas pude cubrirme con ellas cuando dos hombres, ya viejos, me tomaron entre sus brazos y me arrastraron fuera de la casa como a un animal. El piso me recibió con firmeza y mis caderas se lastimaron como nunca al chocar con las piedras y la tierra; sin embargo, sentí un dolor aún más fuerte porque las sábanas apenas cubrían mi cuerpo. El resplandor del sol evitaba que pudiera ver siluetas, siquiera sombras. Afuera se escuchaban gritos, insultos y maldiciones de toda índole. Los judíos saben ser crueles y poco caritativos cuando de hacer valer la Ley se trata. Yo era una mujer adúltera y nadie tendría compasión de mí. Nadie. O al menos eso era lo que yo creía. Ya sabía cómo terminaban todas las mujeres que eran como yo: condenadas a muerte; así lo había mandado Moisés. Y hacia allí me dirigían. Pude ver una multitud de personas reunidas en torno a alguien, era un hombre joven que estaba de pie sobre un montículo de tierra y hablaba a toda esa gente con aires de maestro, pero no vestía como uno ellos, más bien parecía uno de esos profetas de las Escrituras, como Elías o Eliseo, con ropas austeras y un sonido en su voz que mostraba autoridad. Yo ya había escuchado hablar de un hombre que realizaba grandes milagros y perdonaba los pecados, pero jamás lo había visto. En ese instante, supe que lo tenía frente a mí, pero no sentí alivio, más bien temor. Los profetas eran hombres que hablaban con autoridad en nombre de Dios, y juzgaban también en su nombre divino. ¿Qué iba a ser de mí si mi Dios me juzgaba tras las palabras del profeta? Yo tenía el corazón contraído de arrepentimiento, pero qué podía hacer si los hombres no pueden sondear el corazón sino sólo el Espíritu de Dios. De pronto, el círculo se abrió y me lanzaron dentro, nuevamente como si de lanzar a un animal se tratara. Por mi rostro caían lágrimas de vergüenza, y no pude más que mantener la cabeza gacha; sentía la mirada de todos sobre mí y sé que no pocos me conocían.
    Escuché de pronto una voz fuerte, con cada palabra masticada y pensada, era alguien que     sabía lo que decía: –Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?
    Me llené de terror con aquellas palabras. Tuve muchísimo miedo mientras aguardaba la sentencia del maestro. Pero hubo silencio. Un profundo y hermoso silencio. Mi corazón comenzó a acelerarse y no pude evitar levantar la cabeza y buscar sus ojos. Pero no los encontré. Aquel hombre -hoy mi Maestro, mi Dios, mi Salvador- era el único que no me miraba. En cambio, se encontraba paciente, escribiendo en la arena con sus dedos. Pero los hombres se empezaron a inquietar frente a su silencio. No comprendían su Misericordia, su Amor por todos. Entonces, volvían a preguntarle una y otra vez; y ya cuando comenzó a levantarse un griterío dejó su trabajo y se puso de pie, los miró con mirada profunda y les dijo sin rodeos: El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra. Y volviéndose a inclinar siguió escribiendo en el suelo con sus manos de carpintero. Todo el mundo se quedó en silencio, como cuando un lobo aúlla y las ovejas se quedan quietas y sin hacer el mínimo ruido; así de silenciosos se quedaron todos. Poco a poco comenzaron a marcharse: primero los dos hombres que me sacaron de aquella casa y me arrastraron a los pies de mi Maestro, y junto con ellos los ancianos que los acompañaban. Luego se fueron los más jóvenes y las mujeres. Todos y cada uno se retiraron sin decir palabra ni arrojar ninguna piedra. Pronto nos quedamos solos, él y yo. Se incorporó y se acercó a donde yo estaba, me tomó de la mano y me miró directo a los ojos. Nunca antes me había encontrado con semejante mirada, él era un verdadero hombre. Sentí que recorrió todo mi corazón y cada uno de mis pecados… de mis terribles pecados, y aún así no soltaba mi mano. Sentí vergüenza de mi vida y él me miró aún con más amor. Movió sus labios y me preguntó: –Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado? Nadie, Señor –le respondí. No bajó la mirada de mis ojos y volvió a hablarme con una mezcla de autoridad y profundo amor: –Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante. Cuando pronunció estas palabras sentí como si alguien quitara de encima mío treinta o cuarenta kilos de peso; no pude más que suspirar y sonreír. No sabía muy bien por qué, pero me sentía libre y liviana como una pluma. Hoy sé que el Hijo de Dios había perdonado mis pecados más profundos, esos que conoció con una sencilla mirada. En aquel momento, extendió su mano y me ayudó a ponerme en pie; yo me apresuré a cubrirme un poco mejor con la sábana; él sonrió, porque me conocía aún mejor que yo misma. De un momento para el otro, como si no hubiera forjado un corazón nuevo en mí deseoso del suyo, comenzó a alejarse caminando a paso lento y firme; su figura se perdía de a ratos con la arena levantada por el viento. Yo lo contemplaba enamorada. Un varón había conocido toda mi vida y no me había condenado. Mi corazón jamás volvió a ser de otro, pero eso nunca se lo dije; no debía saberlo de mi boca, aunque al mirarme lo supiera todo. De repente, por alguna extraña razón de esas que nunca se llegan a conocer, miré al suelo y busqué lo que estaba escribiendo. Cuando lo leí sentí que mi corazón se agrandaba y no quería permanecer nunca más lejos de aquel hombre. Levanté la mirada y quise correr tras suyo pero no lograba verlo, se había desvanecido. Lo único que pasaba por mi mente en aquel momento era qué sería de mí sin ese varón de Dios que me había devuelto la dignidad. Busqué y corrí. Busqué y corrí hasta el cansancio y me desplomé en el suelo con el rostro empapado en lágrimas. Había perdido a mi Salvador…
    Pero de pronto, sentí que una tibia mano de mujer tocaba mi cabeza. Qué hermosa mano. Me recordó a las caricias de mi madre. Me acarició el pelo y me miró con dulzura. –Tranquila, me dijo, si quieres ir con Él ven conmigo. Jamás se queda quieto, de niño me hacía buscarlo por todo Nazareth y lo terminaba encontrando con amigos hablando sobre su Padre u orando en silencio en alguna colina. Dicen que una madre siempre sabe dónde encontrar a su hijo, ¿no es cierto? Ven conmigo, no puede estar tan lejos. María me secó las lágrimas con su manto y juntas caminamos al encuentro de Jesús, mi Señor y Salvador.


Inspirado en el Evangelio de nuestro Señor

Jesucristo según San Juan (8,1-11)

¿Acaso todo está escrito?


¿Acaso está todo dicho? ¿Acaso todo está escrito? Sin duda ya hay escrito demasiado. Y más aún, ya todo lo que debía decirse fue dicho en el Verbo y, sin embargo, es el Verbo quien me dice que diga.

Esa es la razón de este blog: el Verbo. Pero no cualquier verbo, sino el Verbo con mayúscula, ese que al pronunciarse transforma, crea y recrea permanentemente.

Es por esto que dedico cada una de las entradas de este blog para gloria del Verbo, crecimiento de su Pueblo y alimento de todos aquellos que quieran recibirlo.

¡A escribir!