La habitación yacía a media luz.
Recuerdo cómo al despertar, él se había levantado a entornar las cortinas para
que los primeros rayos del sol no dañaran mi rostro… ¿Lo había hecho por eso?
–No, mi pequeña –la voz de mi madre resonó en mis recuerdos–. No. Él había
cerrado las cortinas para que nadie viera con qué clase de mujer dormía. Al
instante lo sentí de nuevo sobre mi cuerpo. Cerdo. Sudoroso. Horrible. Me
trataba como si le perteneciera; y a mí me llenaba de asco. Pero –sí, le
perteneces; ha pagado como todos lo han hecho, y tú le perteneces –me decía una
voz desde mi interior y me hacía sentir aún peor. A mi oído susurraba palabras
desdeñables que a ninguna mujer podrían llegar a agradarle. En ese instante
pensé -como tantas veces- que podría no volver a hacer aquello, podría
dedicarme a algún trabajo digno, pero mi imaginación se desdibujó -también como
tantas veces- al caer en la realidad de que ningún hombre cuidaba de mí, ni ninguno
querría devolverme la dignidad tomándome por su esposa… Miré su rostro hinchado
de falsa virilidad y sentí un tremendo rechazo, deseando que jamás alguien
pudiera volver a tocarme, pero sin saber que esa sería la última vez que lo
harían.
La puerta se abrió de par en par
con un fuerte estruendo. Atiné a tomar las sábanas y apenas pude cubrirme con ellas
cuando dos hombres, ya viejos, me tomaron entre sus brazos y me arrastraron
fuera de la casa como a un animal. El piso me recibió con firmeza y mis caderas
se lastimaron como nunca al chocar con las piedras y la tierra; sin embargo,
sentí un dolor aún más fuerte porque las sábanas apenas cubrían mi cuerpo. El
resplandor del sol evitaba que pudiera ver siluetas, siquiera sombras. Afuera
se escuchaban gritos, insultos y maldiciones de toda índole. Los judíos saben
ser crueles y poco caritativos cuando de hacer valer
Escuché
de pronto una voz fuerte, con cada palabra masticada y pensada, era alguien que sabía lo que decía: –Maestro, esta
mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en
Me llené de terror con aquellas palabras.
Tuve muchísimo miedo mientras aguardaba la sentencia del maestro. Pero hubo
silencio. Un profundo y hermoso silencio. Mi corazón comenzó a acelerarse y no
pude evitar levantar la cabeza y buscar sus ojos. Pero no los encontré. Aquel
hombre -hoy mi Maestro, mi Dios, mi Salvador- era el único que no me miraba. En
cambio, se encontraba paciente, escribiendo en la arena con sus dedos. Pero los
hombres se empezaron a inquietar frente a su silencio. No comprendían su
Misericordia, su Amor por todos. Entonces, volvían a preguntarle una y otra
vez; y ya cuando comenzó a levantarse un griterío dejó su trabajo y se puso de
pie, los miró con mirada profunda y les dijo sin rodeos: –El que no tenga pecado, que arroje la
primera piedra. Y volviéndose a inclinar siguió escribiendo en el suelo con sus
manos de carpintero. Todo el mundo se quedó en silencio, como cuando un lobo
aúlla y las ovejas se quedan quietas y sin hacer el mínimo ruido; así de
silenciosos se quedaron todos. Poco a poco comenzaron a marcharse: primero los
dos hombres que me sacaron de aquella casa y me arrastraron a los pies de mi
Maestro, y junto con ellos los ancianos que los acompañaban. Luego se fueron
los más jóvenes y las mujeres. Todos y cada uno se retiraron sin decir palabra
ni arrojar ninguna piedra. Pronto nos quedamos solos, él y yo. Se incorporó y
se acercó a donde yo estaba, me tomó de la mano y me miró directo a los ojos.
Nunca antes me había encontrado con semejante mirada, él era un verdadero
hombre. Sentí que recorrió todo mi corazón y cada uno de mis pecados… de mis
terribles pecados, y aún así no soltaba mi mano. Sentí vergüenza de mi vida y
él me miró aún con más amor. Movió sus labios y me preguntó: –Mujer, ¿dónde están tus
acusadores? ¿Alguien te ha condenado? Nadie, Señor –le respondí. No bajó la
mirada de mis ojos y volvió a hablarme con una mezcla de autoridad y profundo
amor: –Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante. Cuando pronunció
estas palabras sentí como si alguien quitara de encima mío treinta o cuarenta
kilos de peso; no pude más que suspirar y sonreír. No sabía muy bien por qué,
pero me sentía libre y liviana como una pluma. Hoy sé que el Hijo de Dios había
perdonado mis pecados más profundos, esos que conoció con una sencilla mirada.
En aquel momento, extendió su mano y me ayudó a ponerme en pie; yo me apresuré
a cubrirme un poco mejor con la sábana; él sonrió, porque me conocía aún mejor
que yo misma. De un momento para el otro, como si no hubiera forjado un corazón
nuevo en mí deseoso del suyo, comenzó a alejarse caminando a paso lento y firme;
su figura se perdía de a ratos con la arena levantada por el viento. Yo lo
contemplaba enamorada. Un varón había conocido toda mi vida y no me había
condenado. Mi corazón jamás volvió a ser de otro, pero eso nunca se lo dije; no
debía saberlo de mi boca, aunque al mirarme lo supiera todo. De repente, por
alguna extraña razón de esas que nunca se llegan a conocer, miré al suelo y
busqué lo que estaba escribiendo. Cuando lo leí sentí que mi corazón se
agrandaba y no quería permanecer nunca más lejos de aquel hombre. Levanté la
mirada y quise correr tras suyo pero no lograba verlo, se había desvanecido. Lo
único que pasaba por mi mente en aquel momento era qué sería de mí sin ese
varón de Dios que me había devuelto la dignidad. Busqué y corrí. Busqué y corrí
hasta el cansancio y me desplomé en el suelo con el rostro empapado en lágrimas.
Había perdido a mi Salvador…
Pero
de pronto, sentí que una tibia mano de mujer tocaba mi cabeza. Qué hermosa
mano. Me recordó a las caricias de mi madre. Me acarició el pelo y me miró con
dulzura. –Tranquila, me dijo, si quieres ir con Él ven conmigo. Jamás se queda
quieto, de niño me hacía buscarlo por todo Nazareth y lo terminaba encontrando
con amigos hablando sobre su Padre u orando en silencio en alguna colina. Dicen
que una madre siempre sabe dónde encontrar a su hijo, ¿no es cierto? Ven
conmigo, no puede estar tan lejos. María me secó las
lágrimas con su manto y juntas caminamos al encuentro de Jesús, mi Señor y
Salvador.
Inspirado en el Evangelio de nuestro Señor
Jesucristo según San Juan (8,1-11)

